Revista

UN VIAJE A “LA SIBERIA”

LA HORROROSA CÁRCEL DE TRUJILLO

Escribe: Blasco Bazán Vera, blascobv@hotmail.com

Y no me refiero a la cárcel que ahora queda en “El Milagro” del distrito La Esperanza, sino, a la que ya casi en ruinas, se halla todavía en la calle Pizarro, cuadra 2, del centro de la ciudad de Trujillo.
Esta célebre cárcel parece producir un sobresalto que busca consuelo por causa de los muchos recuerdos que la atormentan y, cual mitológica Gorgona, lanza su escabrosa lengua al viento buscando paz a sus instancias, mientras tanto, sigue, poco a poco, derrumbándose, porque el tiempo, no perdona.

Sus pálidos rincones, ampulosos y aterradores, guardan la amargura del llanto y sus paredes, altas, rechonchas y malolientes, trasladan todavía el vaho fétido y áspero del pútrido beso de la muerte. Dentro de esta inmensa área, hay una destinada al castigo a quien se le conoce como “LA SIBERIA”
Cuando quise conocer el lugar llamado “LA SIBERIA”, célebre zona de esta cárcel, se me respondió que la podía visitar, pero siendo un preso más, pero no fue necesario esa advertencia pues logré alcanzar la forma de hacerlo.

La puerta principal, diminuta y pintada de celeste que da acceso a esta cárcel, se abrió como diciéndome: ¡Pasa!… ¡Te esperaba!… y un amplio, largo y polvoriento callejón, mostró a mis ojos el largo espacio por recorrer donde había montones de tierra, papeles amarillentos y viejos maderos que alguna vez sirvieron de escritorio al Caronte guardián de este lugar del diablo, tirados a lo largo del camino.
Levanté la mirada y calculé cuánto tiempo demoraría en transitar los 3 caminos que llevan al lugar de castigo que suman doscientos quince metros en total.
Los cien primeros metros del primer camino me llevarían hasta voltear a la derecha donde comienza el segundo de igual metraje, luego, volver a girar a la derecha y llegar el tercero de sólo quince metros donde aparece una maciza reja que da paso al temible edificio llamado: “LA SIBERIA”.

Inicié el recorrido llevando a mi soledad como compañera y sintiendo algo así como si algunas almas presidiarias lanzaban sus dedos macilentos suplicándome Libertad… ¡Cuánta tristeza y aislamiento guardaron estos primeros cien metros que ni la joven planta de maracuyá por allí sembrada logró regalarme una chispa de alegría!
A la mitad del segundo camino me sobresalió un miedo atroz púes me acercaba al denominado “Callejón de los Pasos Perdidos”, mísero espacio donde se pierden los ruidos, donde parece que el sol asustadizo navega en barco de silicio porque allí, ni siquiera se puede escuchar el mínimo murmullo. Aquí, en el “Callejón de los Pasos Perdidos” hasta las más leves voces mueren porque las altas paredes carcelarias engullen hasta el más ligero lamento y de esto es testigo la mudez de una enclenque planta de huabo que acompaña y se resiste a morir.

En este segundo camino, la soledad es tan terrible que hasta parece avistarse el gemido de un alma, los soplos de la angustia, los cánticos gregorianos del antes convento “Santo Domingo” … se siente escuchar una afligida copla coreada por almas en eterna expiación.
Al fin aparecen los viejos musgos del tercer camino y frente a ellos surge tétrica “LA SIBERIA”, sucio edificio flanqueado por una reja tenebrosa que se abría para cobijar los reos castigados. Este lugar de llanto y de perdición es de dos pisos, tiene veinticuatro estrechas celdas, sin luz eléctrica y, la del sol de la tarde, muere con la noche que sumergía al reo en un mundo de ilusiones y locuras.

Cada celda de “LA SIBERIA” mide metro y medio de ancho, cinco de fondo por tres de altura. Sus paredes son gruesas y apestosas. Los robustos barrotes parecen conservar la tibieza donde alguna vez se aferraron las manos de algún desgraciado reo para contemplar el pedazo de cielo nocturno recordando a la madre, al hijo, a la amada lejana.
Las paredes de cada celda están atiborradas de escritos, de aspiraciones y deseos del castigado que, fungiendo algunas veces de poeta o pintor, trazó frases literarias o dibujó a la amada ausente; y, es más, algún reo temerario se valió de su impotencia para eternizar en el techo de su celda frases delicadas y suplicantes como: “Dios mío, quiero salir de este ataúd, ayúdame, amén”, homenajeando quizá al momento más desventurado de su vida.

Es hora de retirarme y no deseando volver mi vista hacia atrás, comienzo a recoger mis pasos contemplando en mi regreso una puerta escondida por donde los dominicos ingresaban a gozar de su extraordinario huerto ahora ocupado por la modernidad de un colegio… sigo caminando y apreciando aires de libertad sin que por eso, quede en este recorrido, la estremecida emoción de mi miedo unido a tristes recuerdos, delaciones, gritos, escapes y escaramuzas que alguna vez realizó algún preso en este lugar llamado “LA SIBERIA”, de la horrorosa cárcel de Trujillo del Perú.

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